Capítulo 7: Viaje del infierno de Vietnam a Laos [Parte 2]

La segunda y última parte de este eterno trayecto

¡Hola, viajero/a!

Esta es la segunda parte de nuestro viaje de Vietnam a Laos. Si quieres entender todo lo que nos llevó hasta este punto, te recomendamos leer la newsletter de la semana pasada haciendo clic aquí. Te aseguramos que te va a sorprender. 

En la Newsletter de hoy:

Lo que nos ocurrió en Asia - Capítulo 7:
Viaje del infierno de Vietnam a Laos [Parte 2]

Después de unas 5 horas con el bus sin poder sobrepasar los 30 kilómetros por hora, nos empezábamos a acercar a la frontera con Laos. Pero, para variar, algo no iba bien.  

La frontera a la que nos dirigíamos estaba en lo alto de una montaña, por lo que primero teníamos que subir una carretera angosta con precipicios a los costados. Cuando estábamos a pocos kilómetros de llegar, empezamos a ver muchísimos camiones estacionados en nuestro carril, al lado de la banquina.

Nuestro bus intentó adelantarlos por el carril contrario, pero cada tanto venían coches y camiones de frente. Imagina estar en un autobús que no puede ir a más de 30 kilómetros por hora, teniendo que hacer marcha atrás mientras tienes acantilados a los costados. Nuestro nerviosismo, y el de todos los pasajeros, era latente.  

Después de unas cuantas maniobras cuestionables, decidimos bajarnos y empezar a caminar hasta la frontera. La verdad es que nos sentíamos más seguros caminando cerca del precipicio con la banquina de por medio que dentro de nuestro autobús. ¿Nuestras cosas? Ya ni sabíamos dónde estaban, pero en algún momento iban a llegar.  

A estas alturas, el surrealismo ya era el protagonista de la historia. Muchos de los pasajeros vietnamitas paraban motos que iban hacia la frontera, se subían con ellos y se marchaban. Nosotros decidimos seguir caminando entre los camiones estacionados y el acantilado, mientras esperábamos que nuestro bus por fin tuviera carretera libre para avanzar.  

Caminamos aproximadamente una hora hasta que el bus nos pitó y subimos otra vez a nuestros asientos para hacer los últimos 10 kilómetros.  Cuando por fin llegamos, lo que no sabíamos era que nos esperaba otra pequeña sorpresa…  

La complicada situación de camiones y buses

Bajamos del bus y el conductor, junto a sus secuaces, nos indicaron en vietnamita y con gestos que teníamos que ir hacia la izquierda. En esa dirección, vimos una especie de casa grande y, como no sabíamos exactamente a dónde teníamos que ir, entramos. Resultó ser simplemente un restaurante.  

Algunos de nuestros compañeros de viaje se sentaron tranquilamente, lo que nos desconcertó. Si estábamos en la frontera… ¿No se supone que debíamos cruzarla y seguir nuestro camino? Solo habíamos bajado con nuestros ordenadores y pasaportes, creyendo que sería una gestión rápida. No contábamos con dinero en efectivo, y la poca comida que teníamos la habíamos dejado en el bus.  

Nos reencontramos con nuestro amigo francés, que estaba igual de desconcertado que nosotros. No sabíamos qué teníamos que hacer. El único de los pasajeros vietnamitas que hablaba un poco de inglés nos dijo que lo siguiéramos, que él sabía dónde estaba el control de pasaportes. Así que lo seguimos.  

A los pocos minutos, llegamos a una pequeña construcción de chapa que parecía sostenerse en pie de milagro. Paramos al chico vietnamita para tratar de entender a dónde nos estaba llevando y nos contestó, muy tranquilo, que era allí adentro.  

¿La frontera?

Justo antes de entrar, salió un hombre con traje militar, nos saludó y nos invitó a pasar. Nos tranquilizó un poco encontrar a alguien con uniforme, pero aún no podíamos creer que ese fuera el control de inmigración.  

La escena dentro del lugar era surrealista. A la derecha, había un grupo de vietnamitas con uniforme del ejército, sentados alrededor de una pequeña mesa redonda charlando y riendo a los gritos. Bajo sus pies, unas 40 latas de cerveza vacías. A la izquierda, una señora cocinaba en dos fogones, con una olla gigante que desprendía humo.  

El chico vietnamita que nos había conducido hasta allí, junto a otros dos que viajaban con él, le dio los pasaportes a la señora que cocinaba. Nosotros no entendíamos absolutamente nada. Estos tres se unieron a la mesa de los militares y se sumaron a la escandalosa conversación que estaban teniendo. Ya te puedes imaginar nuestras caras de incertidumbre total.  

La señora se acercó a nosotros y, por instinto, le ofrecimos nuestros pasaportes. Ella se echó a reír y nos preguntó con señas si queríamos comer. Riéndose, el vietnamita que nos había traído nos dijo que la frontera estaba cerrada por la hora de la comida y que debíamos esperar un par de horas hasta que volviera a abrir. Que nos relajáramos y comiéramos algo.  

Nosotros, cabreados, salimos de allí y empezamos a caminar en busca del maldito puesto de inmigración. Lo encontramos y, en pocos minutos, ya estábamos en Laos con todo sellado y en regla. Ahora solo teníamos que esperar que pasaran las dos horas de la comida para que nuestro bus nos recogiera de nuevo.  

La caminata desde el último control hasta los únicos asientos que encontramos para sentarnos fue rarísima: era una calle larguísima, llena de camiones aparcados, igual que el camino que habíamos recorrido caminando por el borde del acantilado. No entendíamos por qué nadie avanzaba o hacía algo.  

No entendíamos nada

Pasaron dos horas, luego tres, luego cuatro, luego cinco… y el carril por el que tenía que venir nuestro bus seguía vacío. Muchos de los pasajeros negociaban con las pocas motos que pasaban por ahí y desaparecían. No entendíamos nada.  

Empezamos a caminar entre los camiones abandonados hasta que encontramos uno en el que su conductor descansaba dentro. Nos subimos y, con el traductor, le preguntamos qué estaba pasando.  

Él, muy amablemente, nos explicó que la carretera del lado laosiano estaba en muy mal estado por culpa de las lluvias, y que un par de camiones se habían volcado al precipicio. Nos quedamos en shock.  

Nos dijo que nadie había podido pasar en todo el día, pero que probablemente en un par de horas abrirían el paso. Desde que llegamos a la frontera hasta que por fin nos recogió el bus, pasaron 8 interminables horas. Nuestro amigo el conductor y sus secuaces habían aprovechado este parón para arreglar el bus, por lo que, al menos, ahora funcionaba bien.  

Últimos retoques

Cuando retomamos la ruta, vimos lo que nos había contado el camionero: los caminos en Laos no suelen estar asfaltados y, por desgracia, el camino de tierra había cedido, haciendo que algunos camiones cayeran por el precipicio. La escena nos heló la sangre.  

Desde ese momento hasta que llegamos a Luang Prabang no pasó gran cosa… salvo por el vietnamita que tenía detrás, que no paró de toser, ver TikTok a todo volumen y ponerme sus pies descalzos en mi reposacabezas. Al despertarme, vi que tenía su pie casi tocándome la cara, así que, sin piedad, se lo retorcí con furia. Pegó un pequeño grito, lo miré con cara de odio y fingió que nada había pasado.  

Lo que iba a ser un viaje de 24 horas se convirtió en una pesadilla de 35. Al llegar a Luang Prabang, esperamos otra media hora para que aparecieran nuestras mochilas, mientras veíamos bolsas bajando del autobús que se movían, lo cual confirmo nuestras sospechas de que habían muchos animales viajando entre nosotros. Esto nos enfureció muchísimo y no queríamos ni imaginar cuántos animales habían muerto en ese trayecto infernal. 

Ya en el hotel, quisimos quejarnos, pero el ticket decía en letra pequeña que el viaje podía retrasarse hasta 12 horas por "cosas ajenas a la mano de Dios". Así que decidimos dejarlo pasar, descansar y empezar a disfrutar de Laos.

Moraleja y Aprendizaje de la Historia

Por la historia dividida en estas dos últimas newsletters, quizás ya te hayas dado cuenta de una gran verdad: lo barato casi siempre sale caro. Por ahorrarnos unos cuantos euros, terminamos pagando las consecuencias de una forma u otra.  

Hoy esta historia es una anécdota surrealista, que nos reímos al contarla, pero en su momento fue cualquier cosa menos divertida. Más de una vez temimos por nuestra seguridad, ya fuera cuando el autobús estuvo a punto de prenderse fuego o cuando íbamos marcha atrás directo al precipicio.  

Dos enseñanzas nos dejó esta experiencia:  

1. Si viajas por el Sudeste Asiático, evita las fronteras terrestres. Después de haber cruzado varias, podemos decir con certeza que siempre pasa algo. Siempre. Ya sea corrupción, estafas o demoras interminables, lo cierto es que terminas perdiendo muchísimo tiempo y energía. Si estás de vacaciones, ni lo pienses. Y si viajas low-cost y no tienes otra opción, prepárate, porque la aventura estará garantizada (aunque no de la manera que quisieras).  

2. A menos que la diferencia de dinero sea realmente significativa, elige siempre la opción más rápida y cómoda. Aunque pagar un poco más pueda doler en el momento, te ahorrarás estrés, tiempo y dolores de espalda. No siempre lo más barato es la mejor elección, sobre todo cuando está en juego tu bienestar.  

Viajar no es solo moverse de un lugar a otro, sino también aprender a elegir las batallas que realmente valen la pena. A veces, ahorrar unos euros significa pagar con tu tiempo, tu energía o incluso tu tranquilidad. Y al final, lo más valioso en un viaje no es el dinero que guardaste, sino los momentos que viviste sin preocupaciones.

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