Capítulo 6: Viaje del infierno de Vietnam a Laos

La primera parte de este eterno trayecto

¡Hola, viajero/a!

La historieta de hoy es de esas que, cuando la estás viviendo, te quieres morir… y que con el paso del tiempo dices: ¿Cómo he podido aguantarlo? Recuerda que cada semana os enviamos una anécdota NUNCA CONTADA ANTES con una moraleja final y consejo viajero que podéis utilizar. Si quieres leer otros capítulos anteriores puedes hacer clic aquí.

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Lo que nos ocurrió en Asia - Capítulo 6:
Viaje del infierno de Vietnam a Laos

Lo primero que queremos aclarar es que todo lo que vas a leer a continuación es verídico. No hay exageraciones ni mentiras para hacer el relato más interesante. Esperamos que con estas palabras puedan ponerse en nuestra piel y vivir en carne propia lo que pasamos.  

Después de vivir un mes y medio espectacular recorriendo Vietnam de sur a norte, tocaba dejar el país en búsqueda de nuestra siguiente aventura: Laos.  

Una vez terminado el Ha Giang Loop, que fue quizás la mejor experiencia de los dos años viajando por Asia, decidimos ir una semana a Hanoi a descansar y planificar lo que venía. Aunque sabíamos que el próximo paso era Laos, tocaba ver de qué forma íbamos a llegar.  

Por razones que aún no entendemos, ir de Vietnam a Laos (más concretamente de Hanoi a Luang Prabang) de manera directa en avión era exageradamente caro, y el único precio razonable que encontramos era un viaje con escala en Bangkok, Tailandia. ¡12 horas de viaje para un trayecto que se hacía en poco más de una hora! Nos pareció totalmente absurdo, por lo que empezamos a buscar otras alternativas para llegar.  

10 veces más barato que el precio del avión, encontramos un bus que prometía dejarnos en nuestro destino después de 24 horas de viaje. Como nuestra aventura por Asia era low-cost y podíamos permitirnos perder un día solo haciendo este trayecto, decidimos que era una buena opción. Además, los buses en Vietnam son súper cómodos, con asientos que se hacen cama, baño, entradas para cargar tus dispositivos. El trayecto iba a ser pan comido, pensábamos...  

Compramos el billete, preparamos todas nuestras cosas y nos fuimos a la terminal de autobuses de Hanoi, sin saber que íbamos a vivir una experiencia infernal que no olvidaremos jamás en nuestra vida.  

Mientras esperábamos el autobús, conocimos a un chico francés que había tenido la misma gran idea que nosotros. Éramos los únicos tres extranjeros en todo el bus.  

Dejamos nuestras mochilas en el maletero lateral que tienen los buses de larga distancia y procedimos a buscar nuestros asientos, no sin antes sacarnos el calzado para entrar al bus.  

Mientras íbamos avanzando, empezamos a ver que las cosas no iban bien. La parte de atrás del autobús (justamente donde nos tocaba) estaba llena de cajas, paquetes y bolsas… por lo que entendimos al instante que no solo era un bus de pasajeros, sino que también transportaba mercancías. 

Nuestros asientos eran cama, sí. Pero al que le tocaba estar en la ventanilla, resulta que tenía el techo a poco más de veinte centímetros de la cara. Era como estar en un ataúd, literalmente.  

El bus cama-ataúd

No había ninguna forma de cargar nuestros dispositivos electrónicos, por lo que no podríamos usar por mucho tiempo ni nuestros móviles ni nuestros ordenadores. Eso significaba que no podríamos ni escuchar música, ni trabajar, ni saber dónde estábamos.  

Y lo peor de todo… no teníamos baño. Íbamos a estar 24 horas sin baño, dependiendo de que al conductor se le antojara parar en algún momento y que tú en ese momento tuvieras todas las ganas de evacuar. Posiblemente estarás pensando: si necesitas un baño, se lo dices educadamente al conductor o a uno de los chicos que iban ayudándolo y pararán… si pensaste esto, es porque nunca has estado en Vietnam, jaja.  

No llevábamos ni 5 minutos allí adentro y ya teníamos la moral por el piso. Aun así, decidimos tomarnos las cosas con optimismo y paciencia. Al final… éramos nosotros los que nos la habíamos buscado.  

Arrancamos a la hora establecida, cosa que nos pareció buena señal. Mientras Patri relojeaba un poco el móvil, yo (Mati), que estaba en el “asiento ataúd”, decidí dormirme un rato. Entre una cosa y la otra, el bus paró y me desperté. Miré el reloj y descubrí que ya habían pasado 5 horas. Espectacular, pensé.  

La debacle vino cuando Patri me cuenta que solo habíamos avanzado unos pocos kilómetros y que, literalmente, llevábamos 5 horas recogiendo paquetes por todo Hanoi. Si teníamos la moral hundida, acá ya ni el Titanic nos hacía sombra.  

Al rato paramos en un restaurante de carretera para cenar. Salir hacia afuera fue una auténtica odisea, ya que todo el pasillo estaba lleno de cajas, bolsas y cosas. Nos sorprendió descubrir que nuestras mochilas ya no estaban en el maletero, sino que estaban tiradas en el pasillo. ¿Magia?  

Mientras cenábamos y cargábamos un poco los móviles, nos deleitamos viendo al conductor y a sus ayudantes subidos al techo del autobús, jugando al tetris mientras trataban de acomodar todas las cajas que habían ido recolectando.  

Las próximas 4 horas fueron iguales: parábamos cada tanto, recolectábamos paquetes de gente random de la carretera y perdíamos un buen rato mientras jugaban al tetris.  

Poco a poco, nuestro amigo francés, que teníamos sentado a nuestro lado, empezó a desaparecer. La cantidad de paquetes era tan exagerada que tapaban absolutamente todo. Si el autobús hacía un giro brusco o lo que fuera, volaba todo por todos lados. Cuando nos tocaba salir para ir al baño, nadábamos por encima de todo. Ah, nuestras mochilas habían vuelto a desaparecer, y tiempo después las divisamos ahora encima del autobús.  

La montaña de cajas

Después de casi 10 horas de recolección de paquetes, parecía que poníamos rumbo fijo hacia la frontera con Laos, por lo que el ánimo subió un poco. Qué ilusos fuimos…  

Nos dormimos, pero a las pocas horas algo extraño me despertó. Al principio creía que era un ruido del autobús o el tiktok de algunos de nuestros compañeros de viaje. Pero era un sonido inusual, sonaba como un animal quejándose. Abro los ojos sobresaltado al entender que, quizás, muchos de los paquetes que nos rodeaban eran animales de contrabando. Pero al levantar la vista no podía ver nada. No entendía lo que estaba pasando, era como si estuviera en una sauna…  

¡HUMO! ¡ES HUMO! Empiezo a gritar y logro despertar a Patri y a todos los que nos rodeaban. ¡EL AUTOBÚS SE ESTÁ PRENDIENDO FUEGO!  

La gente se empezó a dar cuenta de lo que estaba pasando, empezó a gritar y a tratar de salir entre todas las cajas lo más rápido que podía. Nosotros estábamos casi al final, por lo que nos costaría aún más salir. Los que teníamos detrás, dos vietnamitas de aproximadamente 40 años, empezaron a gritar desesperadamente, mientras intentaban salir despavoridos para la salida.  

Esta secuencia hoy la recordamos entre risas, sobre todo por los gritos de susto de los dos hombres que teníamos detrás, pero en ese momento nos cagamos vivos. Salimos. Solo pudimos agarrar el maletín donde teníamos el ordenador, la tablet y nuestros pasaportes. Lo demás se quedó adentro.  

Trataremos de describir la escena lo mejor posible: Noche cerrada, nos encontrábamos en medio de la nada, descalzos y parados a un costado de una carretera estrecha. Una carretera en la cual los pocos coches que pasaban iban rapidísimo. Nuestro bus, que no paraba de largar humo por el motor, tenía las luces intermitentes puestas para que el que venga detrás no se lo llevara por delante. A unos cuantos metros vimos que había una casa, por lo que todos los pasajeros fuimos a refugiarnos a la entrada del garaje, único lugar en el que podíamos sentarnos sin temer que nos atropellaran.  

En el transcurso de casi dos horas, los encargados de llevarnos hasta Laos intentaron apaciguar el humo y arreglar el motor. ¿Quieren saber cómo lo hicieron? Muy fácil: llamaron a la puerta de la casa donde nos estábamos refugiando, y al ver que nadie contestaba, saltaron la reja para llenar cubos con agua. Luego, los llevaban hasta el bus y se los tiraban al motor. Sublime…  

Cuando creyeron que las condiciones estaban dadas para seguir, nos invitaron a subir de nuevo. El bus arrancó, hizo unos cuantos metros, pero al tratar de acelerar se llenó otra vez toda la cabina de humo. Volvimos a bajar, y cuando se disipó el humo, volvimos a subir. Desde ese momento y hasta que llegamos a las aproximaciones de la frontera con Laos, el bus no pudo ir a más de 30 km por hora.  

Nos vais a tener que perdonar, pero al ser una historia tan larga, decidimos dividir esta newsletter en dos partes. Si crees que esto ya no se puede poner peor… prepárate palomitas para el miércoles que viene, porque esto no ha hecho más que empezar.

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