¿Cuánto de vivir un viaje largo es deseo...

y cuánto miedo a volver? 🥲

¡Hola, viajero/a!

Hacer un viaje largo siempre se cuenta como una historia de deseo.

De ganas.
De libertad.
De valentía.

Y sí, hay mucho de eso. Pero hay una pregunta que casi nunca aparece en la conversación, ni siquiera entre viajeros:

¿Cuánto de irse es realmente deseo… y cuánto es miedo a volver?

No miedo a un lugar. Miedo a una versión de la vida. Miedo a retomar rutinas que ya no encajan.

A volver a un trabajo que se siente prestado.
A ocupar un rol que quedó viejo.
A sentarte en una silla que ya no es tuya, aunque lo haya sido durante años.

Eso no se suele decir cuando uno se va. Y mucho menos cuando vuelve.

Porque queda mejor hablar de países que de preguntas internas. De paisajes que de incomodidades. De experiencias que de vacíos.

Viajar por un tiempo prolongado tiene algo profundamente honesto: te saca estructuras.

Te quita horarios fijos, etiquetas, expectativas ajenas. Y, cuando eso desaparece, aparece algo mucho más crudo: vos sin guión.

Ahí el viaje deja de ser solo movimiento y empieza a ser espejo. Y no siempre gusta lo que devuelve.

Por eso, a veces, el viaje se alarga. No porque haya más que ver… Sino porque todavía no está claro a qué volver.

No es cobardía. Es humano. Hay personas que viajan para descubrir el mundo. Y otras que viajan para darse tiempo.

Tiempo para pensar.
Tiempo para no decidir todavía.
Tiempo para no enfrentarse a una pregunta que no tiene respuesta rápida.

El problema no es viajar por miedo. El problema es no darte cuenta cuándo el viaje dejó de ser elección… y pasó a ser refugio.

Porque viajar largo también puede convertirse en una forma elegante de postergar. De seguir en movimiento para no tener que elegir quieto.

Y ojo: eso no invalida el viaje. Al contrario.

Hacer un viaje largo sirve justamente para eso: para desmontar una vida que ya no se sostiene y ver qué partes querés reconstruir cuando el movimiento termine.

El verdadero viaje no es el que te aleja. Es el que te devuelve distinto.

La pregunta honesta no es “¿me voy o me quedo?”. Es esta:

¿Qué versión mía estoy evitando volver a ser?

Porque en algún momento, el viaje se termina. Aunque sigas moviéndote.

Y cuando eso pasa, ya no alcanza con sellos en el pasaporte.

Hace falta haber entendido algo.

Si este texto te incomodó un poco, está bien. No está escrito para tranquilizar. Está escrito para abrir una pregunta que muchos prefieren no hacerse.

Nada más.

Y no te olvides:

el que abandona no tiene premio.

Aaaaadiosss.

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