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Capítulo 8: Aprendiendo a Surfear
Un revolcón de aprendizaje


¡Hola, viajero/a!
Hoy os contamos como la ignorancia es atrevida y nos jugó una mala pasada. Recuerda que cada semana os enviamos una anécdota NUNCA CONTADA ANTES con una moraleja final y consejo viajero que podéis utilizar. Si quieres leer otros capítulos anteriores puedes hacer clic aquí.
En la Newsletter de hoy:

Lo que nos ocurrió en Asia - Capítulo 8:
Aprendiendo a surfear

Desde que pusimos el primer pie en las playas de Bali, teníamos una cosa clara: queríamos surfear. Veíamos a la gente desde la orilla, deslizándose con facilidad sobre las olas, y pensábamos: “No puede ser tan difícil, ¿Por qué nosotros no íbamos a poder hacerlo?”
La primera noche en Uluwatu conocimos a un par de chicos españoles que surfeaban y tenían una pequeña escuela. Les contamos que queríamos aprender y les preguntamos sobre precios, lugares y consejos. Nos dijeron que surfear era lo más fácil del mundo, que solo había que subirse a la tabla y dejarse llevar por las olas. Pero también nos advirtieron: "Si están empezando, mejor vayan a Canggu o Kuta. Allí el fondo marino es de arena, no hay rocas como en Uluwatu, y las olas son más constantes y pequeñas."
Después de recorrer varias playas en Uluwatu y ver a muchos principiantes intentándolo, decidimos ignorar el consejo y aprender ahí mismo.
La enorme tabla de surf
Primer gran error
Cuando empezamos a averiguar los precios de las clases, nos dimos cuenta de que costaban unos 30 euros cada una. Como éramos tres y estábamos en modo ahorro total, decidimos que lo haríamos por nuestra cuenta.
Segundo error
Durante días, observamos a los instructores en la orilla, tratando de memorizar sus indicaciones y técnicas. Ya con cierta "experiencia visual", elegimos la playa Padang Padang para nuestro primer intento. Desde afuera, las olas no parecían nada del otro mundo.
Llegamos temprano y, tras una negociación, alquilamos tres tablas por dos horas a 150k rupias (menos de 10 euros en total). Ni siquiera calentamos antes de meternos al agua. Para colmo, Patri usaba lentillas y, por miedo a perderlas, decidió entrar con gafas de sol. Tampoco llevábamos camisetas para surfear, ni protector solar.
Tercer error
Al principio, todo iba bien. Flotábamos sobre las tablas, confiados, sintiéndonos casi profesionales con las técnicas que habíamos robado con la mirada. El mar parecía un lago, tranquilo, fácil.
Pero cuando llegamos a la zona donde rompían las olas, la cosa cambió. Lo que desde la orilla parecía inofensivo, ahora se veía enorme. La primera ola nos golpeó con fuerza y nos revolcó sin piedad. Apenas tuvimos tiempo de recuperar el aliento antes de que llegara la segunda, luego la tercera y la cuarta. Cada una nos arrastraba en todas direcciones, sin darnos tregua.
Patri perdió las gafas en la primera sacudida. No lográbamos subirnos a la tabla antes de que otra ola nos volviera a estrellar contra el agua. Después de varios minutos de golpes, encontramos un punto donde el agua estaba en calma y nos reunimos. Lo que antes eran risas ahora era otra cosa: el susto ya se nos había metido en el cuerpo.
Patri y su hermano decidieron volver a la orilla. Yo, testarudo, me quedé. Tenía claro que hasta que no lograra surfear una ola, no saldría del agua. Intento tras intento, el resultado era el mismo: revolcones y más revolcones. Hasta que, finalmente, logré agarrar una ola perfecta. Pero iba tan rápido que no me animé a pararme y la surfeé acostado.

Playa Padang Padang
El pequeño éxito me dio confianza. Seguí intentándolo hasta que, después de varias caídas, volví a atrapar una buena ola. Esta era la oportunidad. Tomé impulso y me paré… pero a los pocos segundos salí volando. En el aire, miré hacia abajo y vi las rocas bajo el agua. En ese momento, recordé las palabras de los chicos españoles: "No aprendan en Uluwatu, hay piedras debajo”. Por suerte, caí sin hacerme daño, pero el susto fue grande.
Me senté en la tabla un momento para procesar lo que acababa de pasar. Ahí fue cuando noté que mi piel estaba al rojo vivo y que mis pezones ardían como el infierno. Ahora entendía por qué la gente usaba camisetas para surfear.
Aun así, no me rendí. Desde que Patri y su hermano se habían ido, habían llegado varios instructores con sus alumnos. Me acerqué disimuladamente y aproveché para escuchar sus consejos. Aplicándolos, logré pararme sobre la tabla por unos gloriosos diez segundos.
Sentí que ya era suficiente. Creyendo que habían pasado las dos horas, emprendí la retirada. En realidad, solo había estado una hora y media en el agua, pero me sentía como si hubieran pasado cinco. Salí agotado, quemado por el sol, con los pezones en carne viva y con una única certeza: tendríamos que haber tomado unas clases.

Moraleja y Aprendizaje de la Historia
Está clarísimo. Por querer ahorrarnos unos euros y pensar que podíamos aprender solos, terminamos pasándola mal y poniendo en riesgo nuestra seguridad.
Las clases no solo sirven para aprender más rápido, sino para evitar errores que pueden salir caros. Si alguien con experiencia te da un consejo, escúchalo. No seas como nosotros ese día.
Algún día volveremos a intentarlo, pero esta vez con un instructor al lado. Mientras tanto, estamos más seguros en tierra firme.

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